15 de abril de 2012

MANUELA SUSPIROS Y LOS BAÑOS PÚBLICOS

A Manuela Suspiros le falta el aire cada vez que se acuerda de algunos sustos que se ha llevado en los baños públicos (o no tan públicos). 

Sí, es probable que lo que vaya a relatar ahora sea considerado un tema algo “escatológico”, pero no os hagáis los pudorosos, ¿eh? Seguro que más de uno ha vivido alguna circunstancia similar o peor. Decisión vuestra es si no queréis seguir leyendo, pues lo que aquí se relate herir puede vuestra sensibilidad. Estáis informados, y la que avisa no es traidora.

De todos es sabido que a Manuela Suspiros lo de volar no es santo de su devoción, aún así, ella no se pierde ninguna oportunidad de ver otras ciudades y paraísos terrenales. A punto de abandonar la bella Florencia con todos esos maravillosos rincones que provocaron el denominado Síndrome de Sthendal, mataba su tiempo en el aeropuerto Amerigo Vespucci, algo pequeño y en vías de modernización.  La Suspi quiso exprimir al máximo los últimos minutos para ir al baño con su amiga La Rizos, descubriendo ante ellas un aseo bastante viejo, que se caía a cachos, brillando por su ausencia la limpieza, todo hay que decirlo.
Cuando acabó, vio que había un letrero al lado del retrete, pero ni le prestó la más mínima atención, ¿para qué? Se fijó en la cadena, diciéndose: “Madre mía que atrasados están estos italianos, en su obsesión por preservar cualquier antigualla, todavía usan las cadenas en los baños”. Por supuesto, tiró de ella. Acto seguido se escuchó una estridente sirena que casi le para el corazón del susto. La Rizos horrorizada: “¿pero qué has hecho, loca?” Se miraron, y corrieron cual estampida de búfalos escaleras abajo hasta llegar sin aliento a la tienda de “souvenirs” donde las esperaba Maquievela. Las miró pensando: ¿Qué habrán hecho estas dos que vienen asfixiadas y con las caras rojas de culpabilidad? ¿Esa alarma tan molesta de dónde proviene? ¿Qué hacen esos dos guardias de seguridad subiendo a toda leche por las escaleras hacia los servicios?
Si a Stendhal Florencia le provocó elevado ritmo cardíaco, vértigo, confusión, y alucinaciones, Manuela Suspiros sintió por unos instantes que sufría dicho síndrome, y no precisamente por la belleza del baño en cuestión.
La respuesta, muy simple: tiró de la cadena sin leer el letrero que explicaba que solo debía utilizarse en caso de emergencia. Si vais por el Mundo, leer bien los carteles, que aunque estén en otro idioma, seguro que tendrán algún gráfico explicativo. Al final resultó que eran más modernos de lo que ella pensaba.

Estados Unidos, ese gran país de las libertades, tiene unos baños muy diferentes a los de nuestra vetusta Europa. Los retretes están llenos de agua hasta arriba, como si fuesen una presa a punto de reventar, por lo que os podéis hacer una idea de todo lo que allí se puede ver. Manuela Suspiros estaba en la ciudad que nunca duerme, su moderna Nueva York, visitando el Metropolitan. Allí todo es grande, y ese museo es de dimensiones gigantescas, necesitas varios días para verlo, y un gran mapa para no perderte entre caballeros medievales, templos egipcios o pintores impresionistas que te observan en silencio. Sus amigas viajeras y ella rastreaban sin éxito sus salas en busca de  un palacio persa, o chino, u oriental, ya no recuerda muy bien de dónde era, y por mucho que escudriñaban el mapa, no lograban encontrarlo en el sitio que el plano especificaba. Cansadas y con dolor de pies, se dieron un respiro dirigiendo sus pasos al aseo. Cuán grande fue la sorpresa (o el asco) de La Suspi, cuando se topó con cuatro “monumentos etruscos” flotando en su baño, girando en el sentido de las agujas del reloj. Era tal su tamaño que temió que la atacaran, pues la miraban con cara de asesinos sedientos de algún tipo de venganza, parecía que tuvieran ojos y dientes (os ahorro más detalles). Difícil borrar semejante imagen dentro de la parte del Arte Etrusco de tan prestigiosa pinacoteca. Eso sí, tampoco encontraron aquel Palacio que fue sustituido por ese ejército etrusco en miniatura, que consiguió que les diera un ataque de risa ante la magnitud de sus componentes.

Una recomendación, si queréis ir a un servicio decente y gratis en New York, pasaros por la llamada Trump World Tower, todo lujo y sofisticación. Los baños son una maravilla, limpios, con olor a rosas, y con unos azulejos tan brillantes que te puedes ver en ellos sin necesidad de un espejo. Es fantástico pasear por la Quinta Avenida y pararse a descansar en uno de los edificios más lujosos del planeta. Además, cohabitan cafeterías y tiendas de regalitos, todo muy bien organizado y pensado para que los turistas dejen allí algún que otro dólar. Por supuesto, no están exentos de que te puedas encontrar cualquier “cosa oscura” flotando en el inodoro.

Sin abandonar todavía EEUU, Manuela Suspiros viajó a Florida con su amiga La Glamour. No podía irse de allí sin visitar los Everglades, con numerosa fauna salvaje, extensa vegetación y un número incalculable de cocodrilos con sonrisa afilada acechando que algún incauto turista se cayese para hincarle el diente. Antes de subirse al “hovercraft” que las llevaría a través de lo salvaje (y del riesgo de ser devoradas por los hambrientos caimanes), fueron al “wáter closet”. Manuela Suspiros se halló ante un retrete maloliente, con el agua verde, turbia y sin saber qué te podrías encontrar en el fondo. “¿Pero cómo voy a hacer pis aquí?” - Se asqueaba – “Estos americanos son muy poco higiénicos”.

Una vez fuera, comentó con su amiga el mal estado de los urinarios, teniendo en cuenta la cantidad de turistas que pasaban por ahí a diario, y lo organizaditos que solían ser los americanos en estos casos. En fin, se quedó un poco decepcionada.
Estando ya en medio de la nada absoluta, con un silencio roto por algún pájaro salvaje, y cientos de cocodrilos agazapados entre el follaje y el agua del manglar, la guía que parecía un hombre de las cavernas (con bigote incluido), les explicó en un inglés poco claro para nuestra amiga, que intentaban preservar al máximo La Naturaleza, evitando los cambios del paraje natural lo menos posible para no dañar ni al entorno ni a sus feroces criaturas. Les aclaró que hasta el agua de los baños provenía de los Everglades, de ahí su insólito color y su repulsivo olor a fruta podrida. Manuela Suspiros se llenó de ignorancia…
¿Evitar romper La Naturaleza quería decir que los desechos humanos iban a parar a una Reserva de la Biosfera haciendo submarinismo con los cocodrilos? ¿Podría alguno de esos bichos dentados colarse por el retrete mientras alguno hacía…? Bueno vale, dejemos aquí nuestra imaginación y a EEUU en paz.

Paris, la ciudad del amor por excelencia fue elegida para pasear por sus románticas calles, pero los planes de La Suspi se vieron truncados por los fatídicos atentados del 11 S, por lo que el viaje se pospuso para el siguiente año. La capital estaba invadida por militares que garantizaban su seguridad (o al menos en teoría) y de papeleras vacías para evitar que colocaran bombas. Los edificios más importantes como la Torre Eiffel, estaban protegidos por varios de ellos, incluso un soldadito galo de muy buen ver, en pleno servicio intentó ligar con Manuela Suspiros bajo el influjo de la Torre y los “croissants”, pero esa es otra historia.

La Suspi se quedaría corta para describir el encanto de Paris, su belleza y el aroma de sus calles, tantos rincones llenos de magia. Se enamoró irremediablemente de la Catedral de Notre Dame: sus gárgolas, sus torres, sus 387 incansables escalones hacia el campanario, sus vistas. El último día de su estancia en la ciudad de la luz, se sentó en la cafetería más cercana para guardar en su retina lo que aquella iglesia le hacía sentir, quizás algún retazo de alguna vida pasada ¿quién sabe?. Maquiavela y La Suspiros pidieron dos cafés a un simpático camarero que les alegró el día, les cobró un dineral (comprensible al estar en la iglesia del famoso jorobado), siendo tan grosero que ni siquiera les regaló una fútil sonrisa, ni les miraba a los ojos. Chaval, si te dedicas al turismo y aunque sean españolas, por lo menos estira las comisuras de los labios. A no, perdón, que si sonríen te cobran.
Siendo la metrópoli parisina una belleza sin palabras, casi rozando la perfección, fue una lástima que alguno de los franceses con los que se topó nuestra amiga, pareciesen estreñidos de nacimiento. Manuela Suspiros aprovechó para ir al baño (con todo lo que había pagado por “su café”, tenía que amortizarlo), pero estaba cerrado. Tuvo que llenarse de valentía y pedirle al camarero complaciente y amable, las llaves por medio de la mímica universal que comunica a los pueblos. Qué poco les gusta a los franchutes que no les hables en su francés natal. Enfurruñado, le dio las llaves. Previo pago de cincuenta céntimos más.
Encima de que fue el café más caro de toda su vida, tuvo que sufragar un suplemento para ir a mear. “Estos gabachos”, pensó La Suspi (sin acritud, ¿eh?). Bajó unas escaleras de madera, que daba miedo agarrarse a la barandilla (primero porque en cualquier momento se podría resquebrajar, segundo porque una película de grasa la protegía). Daba la impresión de entrar en el sótano de los horrores, del que nunca más podrías salir sin algún daño físico o moral. Abrió la puerta del baño con mucha cautela, pues presentía que algo maléfico iba a lanzarse sobre ella. ¿Qué había en ese sótano maldito? ¿Un retrete con agua hasta los topes como los americanos? ¿Un excusado fino a la europea? ¿Un orinal del siglo pasado? ¿Una bacinilla de oro? No, se topó con un oscuro y aburrido agujero en el suelo. Nada más. Se las ingenió como pudo para salir airosa de aquel mingitorio de tiempos inmemoriales, se bebió el resto de café frío,  y sin decirle nada al camarero que derrochaba simpatía por todos los poros de su cara, se despidió de Notre Dame y de la Vie en Rose. Para que no se me enfaden los parisinos, hay que decir que Manuela Suspiros estuvo en un baño similar en el Reino de Granada. ¿Será por la conexión de ambos pueblos con la cultura árabe?

Ya dispuesta a abandonar la capital del Moulin Rouge, le aguardaba un último trámite: el aeropuerto de Orly. La espera iba a ser algo larga. Manuela Suspiros no había comido muy bien durante sus paseos por el Sena, su estómago empezaba a hacer ruidos raros, quejándose como almas en pena quemándose en el infierno. Entre los nervios de subir al avión, y lo empachada que estaba, su barriga era una bomba de relojería a punto de estallar.
Pidió a Maquiavela que la acompañara al servicio, que esperara fuera, ya que el verde y amarillo que cubrían su cara prometían un desmayo seguro. Vigiló la entrada del toilette hasta que no hubiese nadie e hizo los deberes. La bomba se liberó, volviendo el  color rojizo, sanote a la tez de La Suspi. Al salir solo pudo ver a una mujer negra enorme, que entraba. En cuestión de segundos, Maquiavela y La Suspi la vieron salir casi blanca, algo grisácea y gritando: “¡Oh, my GOD, Oh my GOD?”. ¿Qué querría decir la pobre mujer?
Manuela Suspiros se sintió más liviana y feliz. Mientras sus amigas paseaban por el aeropuerto, ella vigilaba los bolsos, paquetes y demás enseres. Varios policías se le acercaron. Pensó que la iban a interrogar por los incidentes del baño, por fortuna, se equivocó. Ante la psicosis de los atentados, cualquier paquete o bolsa fuera de lugar eran objeto de desconfianza. Hablaron con ella en francés, ella les respondió en su lenguaje de signos (no podía ser de otra manera) explicándoles que aquello era de sus amigas. Con una sonrisa la saludaron y así fue como Manuela Suspiros le dijo “Aur Revoir” a los “toilettes parisinos”.

En los países del Este el sistema de los baños es muy peculiar. Viena, la cuidad de la música y de los cafés (nada tienen que envidiar los españoles) está muy presente en la recuerdo de La Suspi.
Paseaba con Maquiavela y La Rizos por una de las calles más lujosas de la ciudad, la famosa “milla de oro” como las llaman ahora (toda ciudad que se precie tiene una). Tiendas a precios desorbitados, elegancia y distinción a borbotones. Paradita para tomar un café, paradita para un helado, paradita para una cervecita (algo insulsas) y paradita para ir al baño después de las “cañas”. Allí en plena calle moderna, un baño público antiguo escaleras abajo (como no, otro sótano inexpugnable).

La Rizos y La Suspi se adentraron en el subterráneo mundo de los “urinarios vieneses”, dándoles la bienvenida un vienés muy serio a la par que educado, previo pago de los cincuenta céntimos de rigor. Ilusas, creyeron que era el encargado del baño de los “hombres”, pero no. Las acompañó con gentileza a sus respectivos baños, con puertas de cristal semitransparentes. Él mismo les abrió y les cerró la puerta, esperando obedientemente a que terminaran la faena con éxito (no fueran a quedarse atascadas).
No sabían dónde meterse (desde luego no había sitio), dejando la vergüenza escondida en algún rinconcito de su pudor. Desde fuera se veía y oía todo lo que dentro sucedía.: sombras y ruidos. Manuela Suspiros hizo todo lo que tenía que hacer a la velocidad de la luz, repitiéndose  que no volvería a beber cerveza vienesa. Cuando Maquiavela las vio, con las caras enrojecidas por la perplejidad de lo acontecido, les preguntó: “¿No habréis tirado de ninguna cadena o algo por el estilo, verdad? ¿En qué lío os habréis metido ahora?” Se descojonó de ellas cuando les escuchó decir, que un chico las observaba al otro lado…
¡Oh, Viena, cuántos recuerdos! Esos desayunos llenos de pastelitos variados, humeantes cafés y un montón de fruta. Manuela Suspiros se ponía ciega de zumo de manzana, pero solo los primeros días, hasta que se dio cuenta de que su vejiga no podía acumular tanto líquido junto. Una mañana, entre el frío y el zumo (las cervezas habían quedado en el olvido), no podía seguir caminando por la ciudad de Mozart. No se veía ni un servicio a varios metros a la redonda. Ya doblada del dolor, desesperada por encontrar un excusado decente, apareció ante ella el paraíso de los baños: el metro. Vio la luz cuando ante sus ojos divisó la señal de los lavabos. Corrió como pudo, pero de repente escuchó unos gritos a sus espaldas que la increpaban en un idioma raro. Una mujer con rulos en la cabeza ataviada con una bata a cuadros, le gritaba con cara de pocos amigos. Ella no entendía nada, solo quería hacer “pis”. Créanme cuando les digo que el idioma universal no es el inglés, es el de los signos y la mímica. La señora solo pretendía avisarle de que tenía que pagar, hasta que detectó la angustia reflejada en la cara de La Suspi: iba a reventar. La mujer se quedó como su bata, a cuadros, y con una media sonrisa la dejó pasar. Maquieavela se reía, pagando los cincuenta céntimos que valía en alivio de no perder la única vejiga que tenía.

Otra anécdota digna de mención sucedió en Praga. Una noche se perdieron en la taberna más antigua de dicha ciudad, El U’Fleku. Allí se bebía cerveza negra, se cantaba y los amables camareros obsequiaban con una sonrisa su licor especial (al final de la noche supieron que los chupitos no eran gratis). Entre cánticos, risas y espuma blanca, tocaba la visita obligatoria al excusado: una, dos, siete veces. Hasta que La Rizos, advirtió al resto de que en la entrada del baño había una mujer flaca y gris con un moño en la cabeza que la miraba mal (lo del moño debe ser muy habitual por esta zona europea). Manuela Suspiros regresó al baño para cerciorase de que efectivamente había una especie de Srta. Rottenmaier. No me extraña, de las numerosas veces en que la cerveza negra hizo su efecto, sus ojos la obviaron. Bastante tenía con evitar que el suelo no se le  moviera bajo sus pies. A la mañana siguiente, hubo un entretenido debate de si realmente existió esa mujer o era un espejismo cervecero. Maquiavela nunca la vio, La Rizos creyó verla por momentos, y La Suspi solo tiene un vago recuerdo de una señora con moño con muy malas pulgas echándole una monumental bronca mientras intentaba mantener el equilibrio. En fin, nunca sabremos la verdad.

Ya para ir acabando y no horrorizaros más, os contaré el extraño caso del “baño indiscreto” de un conocido cine de la ciudad de Manuela Suspiros. El servicio de los “hombres” está justo enfrente del de las “mujeres”, con un enorme espejo que refleja todo lo que hacen los varones de pie. No os miento cuando les digo que se ve todo, absolutamente todo. Lo más curioso es que no cierran la puerta, quizás no se han dado cuenta de ese pequeño detalle, o tal vez sí, y les encanta ser admirados por las damas, que aunque a veces quieran desviar la mirada, se encuentran de bruces con la realidad de un baño no apto para menores…

A pesar de todas estas historias, Manuela Suspiros ha tenido bastante suerte, no como su amiga la Ratita Viajera, que en su periplo por China tuvo que enfrentarse a unos baños sin puertas, con un asqueroso agujero en el suelo en muy malas condiciones higiénicas, y una cola de chinas mirándola para que terminara lo antes posible. ¡Qué horror! ¡Qué presión! Y dicen que el futuro es de los chinos...

Por favor, tener cuidadito con todo este tipo de situaciones. ¿Nunca habéis visto en la playa a esas señoras que solo se bañan de cintura para abajo? ¿Habéis parado el coche en mitad de la carretera porque no podíais más? ¿Jamás se os han caído las gafas dentro del retrete? ¿Alguna vez se os ha acabo el papel higiénico en plena faena? ¿Siendo chicas no os habéis colado en el baño de los chicos  porque siempre hay cola? ¿Es una leyenda el que se forme un círculo rojo si haces pis en una piscina?

Seguro que todos tendréis alguna aventurilla de este tipo, ¿os atrevéis a contarla?



21 de diciembre de 2011

MANUELA SUSPIROS Y LOS ARÁNDANOS MÁGICOS


A Manuela Suspiros le falta el aire cuando se acuerda del sabor de aquellos frutos morados que le devolvieron a la vida.


Manuela Suspiros caminaba entre la multitud sin rumbo fijo y con el corazón helado. La gente se empujaba corriendo entre los semáforos para no perder ni un segundo más, y continuar con las horribles y tediosas compras navideñas: sí, esos regalos por obligación, ese gastar por gastar, ese compromiso sin sentido. Deambulaba triste y sin ilusión, había perdido las ganas de celebrar la Navidad. De golpe y porrazo se había bajado de cada una de las nubes de colores en las que había vivido: la nube verdosa de la esperanza en un mundo mejor, la nube roja del amor y la pasión, la nube amarilla de la verdadera amistad, y en definitiva, las nubes de toda su existencia. Se sentía muy sola y desdichada, y no se atrevía a contarle a nadie lo que le pasaba, porque ni ella misma sabía muy bien qué le carcomía por dentro, pues ya no sonreía, era como si alguien le hubiese robado el alma (aparte del aire). Lo tenía todo y no tenía nada. Había dejado de soñar despierta y por la noche ya casi ni soñaba. Todo era gris, negro, gris, y otra vez ausencia de color. Ya no cantaba, ya no bailaba, ya no reía, y ya no se emocionaba con nada.


En su camino quedaron amigos atrás, algunos se marcharon a otros reinos muy lejanos; otros, siendo vecinos se distanciaron en el olvido de los años. Qué lejos quedaban aquellas miradas cómplices compartiendo un helado de chocolate, aquellas risas provocadas por un tropezón en la calle, aquellas promesas estancadas en un bote de Nocilla. Ahora no quería reconocer que los añoraba y que lo quisiera o no, formaban parte de la princesita en la que se había convertido. También echaba de menos a aquellos que sin quererlo o deseándolo se fueron a otro Universo diferente convirtiéndose en estrellas que a veces nos observan y nos guían en la oscuridad, pero que jamás volveremos a ver, ni a besar ni a abrazar (pero sí sentir).


Su Reino de luz y color se tambaleaba, se hundía en los abismos de la incomprensión del ser humano y la exasperación por salir de la oscuridad. A pesar de ser la víspera de Navidad, el Mundo ya no era un lugar feliz, ni seguro, ni alegre. Intentaba mirar hacia otro lado, pero era muy difícil hacer la vista gorda. Habían pasado miles de años desde la creación de la Humanidad y nada había cambiado: matanzas sin sentido, guerras despiadadas, crisis económicas, hambrunas devastadoras, enfermedades crueles, peleas, engaños, y un sinfín de momentos destructivos para arrinconar en un sótano olvidado. Solo había que observar un poco y mirar con atención, la Tierra se estaba quejando provocando maremotos, haciendo rugir volcanes para ser escuchada o temblando por el terror que le suponía lo que veía, y aún así, no le hacían caso. Manuela Suspiros había perdido la fe en el ser humano que era egoísta por naturaleza. Todo le parecía superficial, banal, insustancial. Sentía que el espíritu del Sr. Scrooge se había instalado sin permiso en su interior, aborreciendo a todo ser viviente, detestando la Navidad.



No soportaba que las ventanas de los edificios se llenaran de Sta Claus o de Reyes Magos colgantes, le parecía un crimen ver como las luces navideñas ahogaban a los pocos árboles que quedaban sanos, los villancicos le taladraban el cerebro cada vez que se acercaba a menos de cinco metros de un centro comercial. Ni que decir de las fiestas de confraternización de las empresas, todo abrazos y “amigos para siempre”, y al siguiente lunes un cuchillo imaginario clavado en la espalda, un mal gesto o un si te he visto no me acuerdo. ¿Y qué hay de esas reuniones familiares en las que cualquier hecatombe puede ocurrir? En lugar de ser un error pasajero se pueden convertir en un horror para borrar de la memoria. ¿Y qué me dicen de los buenos deseos para el siguiente año que se evaporan tras la última campanada si consigues no atragantarte con alguna uva?



¿Por qué hay que disfrazar a un pobre árbol llenándolo de bolas, adornos y luces? ¿Por qué hay que besarse debajo de un muérdago? ¿Por tradición o por obligación? Dicen que el beso es la distancia más corta entre dos personas, pero en fechas navideñas puede convertirse en una pesadilla (¿y si tienes que besar a alguien que no soportas?).



No entendía por qué la gente se saludaba con falsas sonrisas cuando el resto del año, ni se acuerdan de ti. Anidaba en ella el presentimiento de que nadie creía a nadie, nadie confiaba en nadie, nadie hacía o daba amor a nadie sin perder algo por el camino, sin perderse asimismo. Había dejado de creer en todo y el espíritu de la Navidad era algo que solo se veía en algunas pelis como “Qué bello es vivir”. Quizás, simplemente se había hecho mayor. O a lo mejor el “Grinch” le había robado la navidad. ¡Quién sabe!



Hubo una época en que Manuela Suspiros creía en los Reyes Magos, pero hoy hasta Baltasar, su favorito, había perdido su color. Este año no escribiría ninguna carta, no tenía nada que pedir.



El día de Navidad tocaron a la puerta de su Castillo: ¡Ding Dong! ¿Quién osaba perturbar la paz familiar en un día como ese si los renos voladores no existían, si no tenía chimenea para que Papá Noel se atascara en ella y no le envió carta alguna a los Reyes Magos?



Manuela Suspiros se acercó a la puerta malhumorada, en bata de color rojo arrastrando sus apesadumbrados pasos con unas zapatillas a juego y molesta por tener que abrir. Allí, no había nadie, algún vecinito gracioso que se confundió con Hallowen, pensó La Suspi. Al cerrar la puerta, esta se tropezó con algo que centelleaba en el suelo.


Se trataba de una pequeña caja de madera que brillaba como el oro y desprendía un conocido olor a incienso, y no era mirra precisamente. Un lazo rojo con un cascabel anudaba una pequeña carta que así decía:



"Vengo de un Reino muy muy lejano, cuyo nombre ni podrás pronunciar. Aquí te dejo estos frutos para que los saborees lentamente y puedas mirar dentro de ti, solo así tu alegría podrás reparar y tu ilusión podrás recuperar. Solo una cosa has de hacer: debes compartirlo. De no ser así, en una malvada y amargada arpía te convertirás, y nadie contigo querrá estar jamás. Y quedarás condenada a que cada Nochebuena te salga una verruga del tamaño de un arándano por todo lo que no has dado. Cree en ti, cree en los demás. Y nunca olvides que los mejores regalos salen del corazón. Y aunque tus manos estén vacías, están llenas de ti.”

“¡Paparruchas!”- Pensó nuestra amiga. Pero enseguida se fue a por una cucharilla para probar aquellos frutos tan raros. Al abrir el bote, solo el olor que desprendían le hicieron sentir bien, y en el momento en que chocaron con su paladar una explosión de sabores, olores y colores la transportaron a otros tiempos felices. Todos sus sentidos se activaron y fue trasladada a otra época. Recordó al instante la emoción de esperar la llegada de aquel regordete vestido de rojo que nunca se olvidaba de su regalo. Tras la copiosa cena y nunca después de las doce de la noche, su hermana Maquiavela la llevaba al cuarto de baño para lavarse las manos. Y era justo en ese instante cuando Papá Noel timbraba a la puerta y dejaba algo. La pequeña Suspi se ponía tan nerviosa que daba saltos de júbilo y quería echarse a correr para verle, pero Maquiavela la frenaba y le decía: “No puedes ir a saludarle, si le vieras, se iría. No olvides que es mágico y tiene que seguir llevando juguetes a otros lugares.” Pero era casi imposible retenerla. Salía corriendo en su busca, pero se marchaba antes de que llegase a verlo, obsequiándola con algún inconfundible presente y dejando la puerta abierta. Y por supuesto un mensaje: “que se portara bien todo el año, y estudiara mucho e hiciera caso a los mayores”. Qué educado era que invariablemente llamaba antes de entrar… – cavilaba Manuelita Suspiros. Y volvió a recordar que Santa Claus, Papa Noel, San Nicolás o como quieran llamarlo, viajaba en un trineo mágico llevado por renos voladores y en esa maravillosa y sorprendente noche era Rudolph el que iluminaba el camino con su nariz roja y brillante para que a ningún niño le faltara su juguete y a ningún adulto la inocencia.


Y Manuela Suspiros se llenó nuevamente de ilusión y de alegría, quería seguir sintiéndose tan viva que se tomó otra cucharadita de aquel manjar tan revitalizador. Y se vio de niña, la tarde previa a la llegada de los Magos de Oriente. Le encantaba ir a la cabalgata y se desesperaba por ver a Baltasar (que nunca entendía por qué iba el último), y escuchaba canciones, y recogía caramelos, y bailaba, cantaba, reía y se emocionaba. Por la noche, se acostaba muy tempranito y estaba atenta a cualquier ruido en el silencio de la noche para ver si los descubría entrando por la ventana. No sin antes dejarles tres vasos de vino dulce, unas galletas y algo de agua y lechuga para los camellos (aunque le extrañaba que los camellos comieran lechuga). Le advertían que si percibía algún sonido ni se levantase, porque se podrían marchar dejando solo un saquito de carbón. Se hacía tan largo el amanecer, pero al final salía el Sol. El desayuno eran un montón de regalos de todos los tamaños, y tres vasos vacíos encima de la mesa. La vida era alegría y despreocupación, ya que los Reyes Magos y sus ayudantes trabajaban todo el año en la Fábrica de los Sueños para que a nadie le faltase el suyo. La Supi volvió a soñar despierta.

Fue a por una tercera cucharadita, se sentía tan llena de vida que quería detener el tiempo. Pero rápidamente se dio cuenta de lo que estaba aconteciendo: no quería convertirse en una bruja verrugosa al siguiente año. ¿Qué podía hacer ella para compartir algo tan extraordinario con los demás? Maquiavela, que también los había probado (y llegó a pensar que eran alucinógenos), le propuso que juntas elaboraran una riquísima tarta de queso con un toque muy especial.


Esas navidades fueron únicas y amenas en su Reino. ¿A qué supo la Navidad aquel año? ¿A mazapán? ¿A almendras? ¿A turrón? No, aquellas navidades supieron a Arándanos Mágicos.


La tarde previa al día de la llegada de sus Majestades, mientras todos los niños saludaban a los camellos y gritaban como locos en la Cabalgata Real, Manuela Suspiros y Maquiavela prepararon la tarta de queso y arándanos más sabrosa y dulce de la región. Contaron con la ayuda de una ratita viajera que estaba de paso, de dos loros parlanchines que amenizaban con sus melodías (eso sí, aprovechaban cualquier despiste para pillar algún arándano); y dos sabias perritas, una pelirroja con olor a miel y otra de color melocotón que parecía una ovejita, ambas bailaban alrededor contoneando sus caderas. El pastel se hizo con sobredosis de risas y con mucho amor.

El día de Reyes el viento sopló y sopló y la tarta de arándanos mágicos comenzó a girar y girar y a hacerse cada vez más grande, convirtiéndose en un tornado alado de color dorado amarillento mezclado con el lila.




Sopló con tanta fuerza que se repartió por todo el Mundo. La Tierra volvió a temblar, pero esta vez de felicidad al ver a todos sus pueblos alegres y en sintonía unos con otros. Los océanos se balanceaban suavemente para que los delfines saltaran y atraparan su trocito de tarta.


Se rumorea que en el Polo Norte se vio algún Oso Polar con la boca teñida de morado, que en Australia los canguros se guardaban algún trocito en su bolsita y que en África el Rey León compartía su parte con una gacela afortunada. Incluso la Estrella de Belén se dio la vuelta esbozando una cálida sonrisa.

Los vientos suspiraron con fuerza y fue así como los arándanos mágicos llegaron a todos los hogares, no quedando rincón del Planeta que no fuera agasajado con un pedacito de felicidad. Fue así como el Mundo se convirtió en una gran tarta de arándanos, llenando a todos de optimismo y confianza en un futuro en el que el AMOR se diera en libertad. La gente empezó a confiar en el prójimo, a mirarse a los ojos y a devolver las sonrisas que habían estado ocultas en algún rinconcito del corazón. Todos aprendieron a compartir.


Dicen que los cuentos son los sueños que no se hacen realidad, entonces ¿por qué creemos en ellos? A lo mejor dentro de nosotros sigue habitando ese niño que fuimos, ese niño que confiaba, ese niño que jugaba con cualquier cosa en una calle.


Manuela Suspiros volvió a divertirse en Navidad, esa época en que se intensifican las emociones y en la que todo puede suceder. Eso sí, le gustaría ver como lo que popularmente se llama “Espíritu Navideño” se mantuviera durante todo el año.



Y si por Navidad el turrón vuelve, el champán nos empapa y los polvorones se nos atragantan, La Suspi desearía que sigamos dando sin esperar, porque cuando se da en su forma más pura, no se espera nada a cambio.


Y Manuela Suspiros volvió a creer en las personas, en la vida, en ella misma y sobretodo en la Navidad.

Estate atento, no vaya a ser que un trocito de tarta ya haya llegado a tu casa y aún no te hayas enterado.


Manuela Suspiros os desea FELIZ NAVIDAD y que el AMOR en todas sus formas invada vuestros corazones.

27 de noviembre de 2011

MANUELA SUSPIROS Y LOS MUSEOS

A Manuela Suspiros le falta el aire cuando se acuerda de alguna de sus visitas a los museos.











De todos es sabido que en los museos hay multitud de cámaras para vigilar concienzudamente que nadie dañe las obras que llevan allí colgadas años y años. ¿Nunca os habéis parado a pensar que sucedería si también se pudieran grabar las conversaciones de la gente ante los cuadros que llevan siglos mirándonos como La Gioconda? Pues supongo que en algunos casos, nos partiríamos de risa o nos escandalizaríamos.

Manuela Suspiros ha estado cultivando su sapiencia a través de sus viajes, y como no, visitando sus valiosos museos. Ha contemplado de cerca a sus queridas “Meninas” en el Prado, se ha asombrado de la magnitud del “Guernica” en el Reina Sofía, se ha reflejado en el “Espejo de Venus” en la National Gallery londinense y casi se emociona al estar al lado de la “piedra Rosetta” en el British Museum. En la vida podrá olvidar lo que sintió cuando estuvo frente a La Primavera o El Nacimiento de Venus de Botticeli en los Uffizzi florentinos, ¡cuánta belleza junta! Eso sí, todo hay que decirlo, menuda decepción se llevó con la Mona Lisa, todo el mundo le decía que si iba al Louvre no podía dejar de verla. Y cierto es, que por los pelos, no la ve. Tras varias salas en su búsqueda cual Indiana Jones, se topa con unos doscientos japoneses sacándole fotos a una minúscula vitrina en la que se encontraba una señorita mirándoles sin verles, y con una extraña sonrisa que nadie hoy en día ha podido interpretar. La vio a través de los pelos de todos esos nipones histéricos que se empujaban y daban grititos histriónicos por verla en vivo y en directo (aunque de viva tenía poco). ¡Madre mía! Se marchó espeluznada de allí huyendo de la histeria colectiva, y no volvió a ir al Louvre. ¡Demasiada cultura para un solo día!



Y de New York, ni hablamos. Se perdió por el Metropolitan siguiendo los pasos de una especie de palacete chino mientras un millar de retratos parecían que recobraban vida (como en las pelis de Harry Potter), deseando apoderarse de su alma inmortal. Le entraban escalofríos ante la aterradora idea de quedarse encerrada toda una noche entre esas paredes. Lo más probable es que le hallasen a la mañana siguiente petrificada y con la cara desencajada del susto.



Tampoco podrá olvidar su extravagante paso por el Guggenheim neoyorquino (sin relegar, por supuesto, al de Bilbao con su célebre Puppy floral). Después de pasear medio Central Park hasta su entrada, y con las expectativas muy altas ante las afamadas colecciones con las que podría deleitarse, Manuela Suspiros se tropieza con una estructura circular blanca algo atípica para la arquitectura de la ciudad que nunca duerme. Y allí, La Suspi, Maquiavela y La Rizos entran en un edificio hueco por dentro que les da la bienvenida con cara de pocos amigos. El personal las saludó de mala gana, y casi todas las salas estaban cerradas por obras (y no precisamente artísticas) o cerradas sin ninguna explicación.

Solo localizaron un recinto abierto con una exposición fotográfica. ¡Qué bien! Pensó Manuela Suspiros, con lo que le gusta ella la fotografía. Y se propuso recrearse con las imágenes de una prestigiosa fotógrafa de cuyo nombre prefiere olvidarse. Para que os hagáis una pequeña idea, una de las fotos en cuestión era una inmensa mujer (en todo su esplendor, grande y amplia) como Dios o quien quiera que fuese la trajo al mundo, en blanco y negro. Y lo que allí se veía era dañino a los ojos, y perjudicial para el alma. Con lo bonitas que son las curvas y las mujeres exuberantes, esta “artista” (por llamarla de alguna manera) provocaba repulsión en quien contemplaba la obra, ya que de su culo (trasero o pompis para ser más finos) salía un enorme collar de perlas de colores que envolvía parte del resto de su anatomía. Fue una imagen vomitiva, que hizo que nuestra querida amiga pasara a la siguiente imagen: un tipo lleno de tatuajes, semidesnudo y con piercings por todo su cuerpo, y cuando digo por todo su cuerpo pensar mal y acertaréis: pezones y genitales incluidos (aparte de la nariz, por supuesto). La tercera y posteriores representaciones artísticas, fueron borradas de la memoria selectiva de La Suspi, y decidió que ya era hora de volverse al hotel, no sin antes pasar por el baño. Su cupo de arte estaba cubierto hasta el día siguiente.



Se fue con su hermana Maquiavela a descubrir el camino hacia el tan ansiado “toilette” y como aquello estaba tan bien señalizado, abrieron la primera puerta que se les presentó delante. Si hubiese existido una alarma en aquella salida, habría sonado por todo el museo y la vergüenza hubiese hecho acto de presencia en sus candorosas mejillas. Pero en lugar de sirenas escucharon una especie de silbido de alguien que las llamaba reclamando su atención. Un alguien o un alíen venido de otro planeta: un negro altísimo de más de dos metros muy delgado que las miraba con hambre al tiempo que les indicaba con el dedo índice que se acercaran hacia él. Parecía sacado de un documental de las tribus caníbales africanas, pero con chaqueta y corbata, muy elegante eso sí. Y dicho y hecho, aquel aerodinámico y huesudo dedo las atraía hacia él, ejerciendo un insólito magnetismo que acontece en la Naturaleza cuando un depredador está a punto de prender a su frágil presa. Manuela Suspiros entabló una inocente charla con él en su idioma, pero no se entendían mucho, y el lenguaje de signos hizo su aparición. Le pidió disculpas de la mejor manera que supo y pudo por haber profanado una puerta de su templo, y cuando se iban a marchar lejos de la influencia de su embrujo, el tiempo se detuvo. La habitación empezó a expandirse, a la vez que Maquiavela y La Suspi se hacían muy chiquititas y el descomunal hombre negro de ojos aún más negros se iba alargando sobre sus cabezas y su no menos enorme dedo les decía que se las iba a comer de un momento a otro. Ninguna recuerda como salieron de allí (consiguieron alcanzar la salida arrastradas por La Rizos, pero nunca llegaron al baño), aún así Maquiavela temió por su vida, sintiendo que iba a ser devorada por una mantis religiosa a cámara lenta. En ocasiones tiene pesadillas creyendo perder la cabeza…



¿Y a qué viene todo esto? Os estaréis preguntando. Pues viene, a que se ha paseado por media Europa y otros continentes viendo espléndidas pinacotecas, y no ha sido capaz de visitar el Museo de Arte Moderno de su propia ciudad. ¿No es vergonzoso? Hombre, nada comparable con el MOMA neoyorquino, que aparte de ser grande era un auténtico caos: de gente y de orden.



Y no hace poco, un buen amigo llamado El Lobo (y no se trata del turrón), iba a recitar unos cuentos eróticos en dicho Centro de Arte Moderno, y allí se fueron La Suspi, La Glamour y por supuesto Maquiavela. Todo en una atmósfera muy intelectual, con música sensual para crear ambiente y unos cuantos libre-pensadores de la época (es decir, de la actualidad presente). Aparte de que llegaron cinco minutos tarde y toda la sala se les quedó mirando, pasaron un rato muy agradable (aunque no hubiese estado mal un par de cervecitas para animar a los eruditos).





Y por supuesto, al finalizar, momento de agradecimientos y peloteos varios con foto incluida. Lo que sorprendió a La Suspi fueron las palabras de la directora del Centro o Museo o Galería, diciéndoles a todos que aquello no se podía denominar “museo”, que aquello era un lugar para el “arte”, que dicha palabra estaba obsoleta, que la modernidad era lo importante. Y Manuela Suspiros se llenó de rebeldía y espíritu reivindicativo, ya que le es incomprensible que algunas personas quieran parecer superiores a otras (o al menos así lo entendió ella) haciendo demagogia de la cultura para ganarse al público. El conocimiento debería de estar al alcance de todos, y seguiremos luchando por ello. No obstante, la iniciativa y la actividad estuvieron a la altura de El Lobo, que se entregó al cien por cien (como siempre lo hace).



Lo gracioso vino después, viendo el “arte moderno”. ¡Había una exposición de penes! Sí, de penes. De todos los colores y tamaños, algunos daban auténtica pena y otros no podían ser de verdad. Como podéis imaginar, el cachondeo fue divertidísimo, las carcajadas hacían eco en las paredes, tanto que una agente de seguridad fue a donde estaban ellas a ver qué sucedía.


Ay, esos “penes” al descubierto amenazando el silencio de la sala. La Suspi pensó que había micrófonos secretos para escuchar lo que decían (palabras irrepetibles que hubiesen animado la aburrida tarde de algún sobrio vigilante). Creyeron que las iban a echar de allí por escandalosas, pero simplemente cerraban el museo (perdón, el Centro de Arte). Y no sería la primera vez que casi la echan de un Museo, como le sucedió en Praga, en donde una vieja señorita Rottemayer la amenazó con gritos por haberse acercado demasiado a un cuadro, pero esa es otra historia.





Y a pesar de todo, de que sean cuadros, fotos, esculturas o penes; puntos o rayas, de que el lugar en que se encuentren sea un museo, un centro o la calle; Manuela Suspiros sigue sintiendo la que vida es una obra de arte…







5 de junio de 2011

MANUELA SUSPIROS Y LA FAMA



A Manuela Suspiros le falta el aire cuando se acuerda de la primera vez que fue portada de un periódico y protagonista estelar de un medio de comunicación.


París la enamora con su encanto romántico: largos paseos por el Sena, salmos místicos en el Sacre Coeur, y como no la gran vista de la ciudad desde la Torre Eiffel. Visitó la Ciudad de la Luz (o La Ville Lumière como la llaman los “franchutes”) tras los fatídicos atentados del “11 S”, y toda ella estaba custodiada por soldados que velaban por su seguridad. Y de todos es conocida la “debilidad” de La Suspi por los uniformes varios (preferiblemente de color rojo), por lo que al doblar cualquier esquina se podía tropezar con un militar con cara de pocos amigos vigilando cualquier movimiento que levantara sospecha. Más de uno no pudo resistirse a los encantos de nuestra querida amiga, regalándole alguna que otra sonrisilla con guiño incorporado.


La Suspiros deambulaba con Maquiavela, La rizos y su inseparable Nikon de carrete en dirección a La Bastilla cuando a lo lejos vieron a un numeroso grupo de personas apelotonándose alrededor el monumento en cuestión. A medida que se acercaban, el ruido era mayor: gritos y protestas se mezclaban con un idioma ininteligible.


Es curioso como cuando se es turista, creemos que nada malo nos puede pasar. Todo es maravilloso, si llueve o graniza no importa, qué bonita estampa para las fotos; y cualquier pequeña cosa que en nuestro lugar de origen pasa desapercibida, estando de vacaciones nos llena de emoción. Pero a veces, podemos estar en el lugar equivocado y con la gente menos apropiada y desgraciadamente, algo ocurre.


- Chicas, vamos a acercarnos, que puede que estemos presenciando algún hecho histórico – dijo Manuela con el entusiasmo que la caracteriza.


Pero las miradas de sus compañeras de viaje lo dijeron todo sin decir una palabra. La previnieron de que no se metiera en líos dada la situación que atravesaba el mundo occidental por aquel entonces y que tuviera cuidado.


Ingenua, inconsciente tal vez, y con su vieja cámara en mano se acercó para inmortalizar aquel lapso de tiempo que nunca volvería a repetirse.


Al aproximarse, se empezaron a dar cuenta de que ondeaban numerosas banderas de Israel. “Oh, oh, dijo Maquiavela, esto no me gusta”.


- ¡Venga chicas! – las alentaba La Suspi- Esto pinta interesante…


En cuestión de segundos y sin previo aviso, unos exaltados venían hacia ellas, prácticamente arrollándolas. Era un grupo de palestinos que habían ido a boicotear una pacífica manifestación de sus más que conocidos enemigos de por vida. Eran mitad niños mitad hombres corriendo como energúmenos, y por supuesto, detrás la policía gala con sus porras bien adiestradas. Ya os podéis imaginar lo que vino después. Se vieron envueltas en una marea de gritos, golpes e insultos en francés (descifrables en cualquier idioma). Era como si una estampida de furiosos búfalos hubiera pasado por encima de ellas, y solo hubiesen dejado polvo tras su paso. Solo podían pensar en esa expresión de “pies para que os quiero”, mientras buscaban una salida hacia alguna calle menos alborotada. Tras unos minutos que se hicieron horas, se escabulleron como pudieron y tras el susto inicial, vino la desesperación por llegar al hotel, pero las autoridades habían cortado todas las estaciones de metro cercanas al evento y tuvieron que llegar caminando y con el sobresalto en el cuerpo hasta su campamento base.


Manuela Suspiros se llevó un buen rapapolvo, por meterse donde nadie la había llamado, y se llenó de incomprensión…


A la mañana siguiente y tras desayunar un mísero croissant con un café “Olé” vieron en la portada del “Le Monde” sus caras desencajadas junto a un grupo de palestinos corriendo hacia ninguna parte, perseguidas por uniformados gabachos. Hoy, Manuela Suspiros lo puede contar, pero pensó que moriría aplastada en el pavimento parisino escuchando La Vie en Rose.


Ay, si su amiga la francesita Cheríe la viera por los adoquines, o si las gárgolas de Notre Damm hablasen, pero “Paris, C’est Fou”.


La segunda vez que salió en prensa escrita fue en un rotativo de tirada nacional. A Manuela Suspiros le da algo de pereza ir de tiendas cuando no sabe lo que va a comprar, eso de rebuscar sin ton ni son, patearse las tiendas en busca de El Arca Perdida de las gangas la deja sin aliento. Siempre ha huido de los estereotipos de “mujer - compradora – compulsiva” (a veces ha llegado a pensar que es un tío). Le supone un gran esfuerzo y desgaste físico y mental ir de compras por el simple placer de hacerlo. Preferiría estar en la playa o leyendo un buen libro o disfrutando de alguna extraña película, pero cierto es que hay que vestirse y a todas nos gusta ir estupendísimas de la muerte (como se suele decir vulgarmente). Por otra parte, hay días en que todo cuadra y sin previo aviso, se puede llevar media tienda (eso sí, cargando a sus porteadores con todas sus nuevas adquisiciones).


Sin embargo, eso de escudriñar prendas, buscar colores, tallas, modelos, la saca de quicio. Y eso de ir de “rebajas” no está hecho para una princesa como ella, le parece una pérdida de tiempo. Nunca ha entendido esa atracción de las mujeres (en un 98% aprox. y después de esto recibirá numerosas críticas negativas) de que se pudieran dar de hostias por ser las primeras en llegar y empujar las puertas del Cielo del consumo por conseguir el “último grito” en vaqueros o el abrigo de sus sueños a precio de baratija.


A ella jamás la verás ese primer día de locura en los centros comerciales, pero a veces, donde dije digo digo Diego, y si de esta agua no beberé, te bebes la garrafa entera y sin respirar (y cuidadito con no atragantarte).


Intentó zafarse, pero le fue imposible y en un aciago día de sacrificio, allí se vio ella, arrastrada por las circunstancias y por su queridísima amiga La Glamour que la convenció para pasar un gran día en el Circo de las compras. Y ya conocen a La Glamour: zapatitos último modelo, vestiditos monísimos, y como no, lo ultimísimo en maquillaje.


¡Oh Dios mío! Ella que quería pasar desapercibida y que porfiaba que jamás de los jamases la verían en tal tesitura, y por supuesto no podía aparecer discretamente escondida entre un montón de pantalones y camisas de saldo, no. La pilló la cámara de fotos del periodista inoportuno (¿tocapelotas?) de turno y La Glamour y ella fueron portada la mañana siguiente bajo un titular: “Ellas nunca faltan, siempre a por la mejor oportunidad”


La llamaron de otros feudos para felicitarlas por lo guapas que habían salido, y lo favorecidas que estaban bajo la luz de los flashes. De por vida inmortalizadas en una foto que recorrió gran parte de la comarca. ¡Así es la fama! ( Menos mal que es efímera…).


En otra ocasión, se reconoció en un folleto de publicidad alemán mientras salía del agua haciendo un Top Less obligatorio a causa de una traicionera ola que la empujó hacia la orilla, pero eso es otra historia…


La última vez que se hizo famosa fue en una majestuosa fiesta carnavalesca que se organizaban unos apuestos jóvenes en un Reino vecino. Manuela Suspiros había conocido días atrás a un príncipe de modales exquisitos, alto, guapo, de sonrisa perfecta con un hoyuelo en la barbilla y un lunar en la comisura de sus carnosos labios (¿qué más podía pedir?). Iba disfrazado de Almirante Nelson y nada más verse, quedaron prendados el uno del otro, como en los cuentos con final feliz. Por supuesto nunca te dicen que pasó después de comer “perdices”, ni te explican que la fastuosa boda se puede convertir en un sonado divorcio (con suerte), ni te comentan que el fantástico Castillo se puede transforma en una cárcel de soledad, y ni siquiera te aclaran que el fascinante príncipe puede volver a “croar” en la charca de la que salió (lo que se conoce como la maldición de las tres " f ).


Todo era perfecto, excepto en una cosita sin importancia: él era once años más joven que ella. Con su encantador almirante (y que bien le quedaba el uniforme) todo era fácil: la risa salía sin ser llamada, las miradas se perpetuaban hasta el amanecer, sus manos simplemente encajaban y sus besos eran especiales. Eso sí, era más maduro que otros “sapitos” que pasaron por la vida de La Suspi tiempo atrás, y para ella era su Rey de corazones (o su principito de copas).


En cuestiones del corazón, nadie manda, solo él, y si algo es social o políticamente incorrecto que se lo digan a la Demi Moore, a la Duquesa de Alba (bueno, quizás este ejemplo no sea el más acertado) o a la Shakira con su joven futbolista. Las critican por salir con chicos más jóvenes, pero es que hay que ver cómo están esos “maromos” jovenzuelos (exceptuando la Duquesa, por supuesto). A ellas se las ve rejuvenecidas, con un cutis estupendísimo y por supuesto una sonrisa que brilla a kilómetros de distancia. ¿Qué hay de malo? Envidia, mucha envidia (eso sí, sana, como se suele decir).


Pero no nos desviemos del tema que nos atañe. La Suspi estaba en la fiesta con sus amigas tomando algún refrigerio: Bella disfrazada de Corsaria del Amor, Chérie, Lili, La Glamour y ella de cabareteras, con plumas de colores en sus cuellos y toda una larga noche por delante para bailar y cantar. Estaban tan guapas que relucían en la fiesta, y eran objeto de todas las miradas. Tal fue el impacto que causaron son su belleza y su encanto personales, que apareció la Televisión y las encumbró a la fama una vez más. A La Suspiros le sacaron un primer plano que recorrió varios lugares, pero lo mejor no fue esto. Como era carnaval, hacían pequeñas bromas y juegos, y pedían que alguna de ellas dijera algún secreto de la fiesta de Don Carnal. Y todas acusaron con la mirada a su queridísima Suspi.


- ¡Ella, ella tiene un secreto! – espetó La Glamour señalando para La Suspiros que trataba de esconderse. – Mi amiga Shakira sale con un chico más joven…


Total, que al final, intentando ocultarse de la cámara de televisión y disimular su presencia, copó toda su atención y salió en un famoso programa de la caja tonta. Solo faltaba que la detuviesen por la calle para pedirle autógrafos. Podría haber matado a su amiga La Glamour en aquel momento de gloria, pero lo que hicieron fue reírse, y mucho. Media hora más tarde apareció su “Piqué” para consolarla por saltar a la fama de una manera tan graciosa.


Durante esas carnestolendas Manuela Suspiros se llenó de juventud, frescura y de besos con sabor a menta.


Y como todo cuento, este también tuvo su final: no se convirtió en sapo, no hubo perdices y no hubo besos para siempre. Sencillamente se esfumó, como el humo que se evapora pero que alguna vez estuvo ahí. El príncipe tuvo que volver a su Reino, atender sus obligaciones reales y perseguir a otras princesas.


Y Manuela Suspiros tuvo que bajar de su nube rosa de repente, (aunque más bien fue del color rojo de la pasión), y estamparse contra el frío gris del asfalto. El almirante Nelson volvía a Trafalgar Square…


Manuela Suspiros aprendió que a veces más vale ver la noticia desde el sofá de casa o del hotel, que ser protagonista de ella, no vaya a ser que te engulla de forma despiadada.

27 de febrero de 2011

MANUELA SUSPIROS Y LA CAJITA DE LOS NOVIOS

A Manuela Suspiros le falta el aire cuando se acuerda de su cajita de los novios y de lo que en ella encontró.

Recuerda como si fuera hoy el día en que su hermana Maquiavela le recomendó que para olvidarse de sus novios los guardara en una cajita. Bueno, para ser exactos no que sepultara a los novios dentro de una caja (aunque a algunos no le hubiese importado meterlos en un ataúd y echar mucha tierra encima), sino que metiera un recuerdo de cada novio y lo guardara en una cajita. Y quién sabe si algún día, al abrirla, los recuerdos le brindasen una cómplice sonrisa.

Y este mes, el mes de San Valentín, el mes del AMOR por obligación, Manuela Suspiros encontró su “Cajita de los novios” olvidada entre un montón de libros y álbumes de fotos (de esos que ya empiezan a escasear con la era digital). Este mes en el que su día catorce si tienes pareja y no regalas nada, puede ser el fin del mundo (o de la relación en cuestión). ¡Demos amor cada día del año a todos!

Al abrir la cajita, salieron cual Caja de Pandora (pero sin expandir los males del Mundo), un sinfín de vivencias con amores de una pasado muy muy lejano.

Lo primero que halló fue un diente. Sí, un diente, bueno un pequeño trocito de diente, no vayáis a pensar que La Suspi es algo fetichista. A su mente le viene el momento en que su chico en lugar de perder un ojo, perdió un pedacito de paleta. Manuela Suspiros le había preparado una romántica velada con velas, cava y postre de chocolate. Y claro, con la emoción del momento y la agitación de la botella de Freixenet (¿se pueden decir marcas?), el corcho con un montón de burbujas doradas, que en ningún momento se convirtieron en bellas bailarinas, salió disparado hacia la cara de su enamorado. Lo que iba a ser una apasionada noche se convirtió en un ir y venir de cubitos de hielo, un considerable morado en la boca y una paleta rota (sinceramente, el chaval era un poco blandengue). Aunque mejor hubiese sido que se le cayera un colmillo, por el morbo que dan, pero no, no hubo vampiro, ni mordisquitos en el cuello, ni “ná de ná”. En fin, aquello no duró mucho la verdad, y sí, lo lógico es que se quedara con el corcho de la botella, pero a ella le hizo tanta gracia el día que se encontró el cacho de diente mientras barría, que allí lo guardó.

En la cajita también había una portada de un viejo periódico. No se acuerda muy bien del chico en cuestión, vaya memoria la suya, el único detalle que viene a su cabeza es que le trajeron el desayuno a la cama al amanecer tras una noche entera sin dormir. Un zumo de arándanos, una tostada con mantequilla, un café con leche, una sonrisa con beso y la prensa. La noticia del día era que había caído el Muro de Berlín (¡No, Manuela Suspiros no es tan mayor!). Nada significativo aquel domingo: alguna guerra en un país del lejano oriente, algún terremoto en otro lugar impronunciable, algún político ladrón y como no, el fútbol. Vamos, lo habitual.

Pero su cuerpo se estremeció cuando vio una postal de Nueva Zelanda. Sí, Manuela Suspiros tuvo un noviete neozelandés. Un chicarrón guapísimo, alto, rubio y de ojos azules. Ay, cómo describir esos azules ojos que un día la miraron y la cautivaron para siempre. Era un arquitecto que viajaba por España para recabar ideas y observar sus peculiaridades arquitectónicas. Lo conoció una noche en la que se fue a celebrar el día de la Hispanidad con La Glamour (¡Viva España y Olé!), y descubrieron un pub irlandés en un pueblo perdido del norte. Y allí estaba Matt, que con su barba de tres días y su seductora mirada lograron conquistar el corazón de La Suspiros. Estuvieron cinco días juntos, sabiendo de antemano que su historia de amor tenía fecha de caducidad temprana. Pasearon de la mano por las empedradas calles de la ciudad, vieron alguna que otra catedral escondida entre los modernos edificios que a él le fascinaban, y se besaban con intensidad para intentar robarle algunos segundos al tiempo que se les echaba encima vertiginosamente. El último beso vino acompañado de una lágrima fugaz, pues no sabía cómo despedirse de él, si con un “Te quiero” o con un “Nunca te olvidaré”. Si un Mago o una Hada Madrina le concediera a Manuela Suspiros el deseo de volver a pasar un día entero con alguno de sus novios, regresaría con los ojos cerrados a uno de aquellos días de octubre en los que el agua salada de la ría y las conchas de la playa se mezclaron con sugerentes susurros, caricias que quemaban la piel y besos de otro continente. La postal decía: “I miss you, Honey”. (¡Qué lejos queda Nueva Zelanda!).

Asimismo, apareció una pesa de gimnasio. La escondió una tarde harta de que no pudiera ir al cine para quedarse ejercitando sus músculos en decremento de su escaso cerebro. Era un muchacho bien parecido (como dirían las abuelas), esclavo de su cuerpo, pero su mente la cultivaba bien poco, es decir, nada. Por alguna extraña razón, Manuela Suspiros cayó bajo su encantamiento (todavía hoy no sabe o no puede explicarse que vio en él o que le hizo casi caer en sus redes). Vivía por y para su gimnasio, y era feliz mostrando lo dura que estaba su nueva abdominal. Sus amigas le bautizaron con el nombre de “Mr. Croissant”, debido a que sus brazos se quedaban algo abiertos como las patas de un croissant cada vez que daba un paso adelante. Estaba enamorado de sí mismo, hasta le tenía nombres a sus bíceps: Rompehuesos y cascanueces (tan cierto como el aire que respiro ahora). Y se henchía de orgullo cuando enseñaba sus musculitos, era agotador. Tanta proteína y tantos polvos hormonados le envenenaron el cerebro poco a poco. ¡Qué habrá sido de él!

Otra cosa que encontró fue un mando a distancia. Sí, habéis leído bien. La Suspiros tuvo un “amiguito” que adoraba su mullido sofá, y por más veces que intentara levantarlo de él, no era capaz. Cada vez que le proponía salir a pasear o a contar estrellas, él le decía: “es que hoy estoy cansado, es que hoy hay fútbol, es que hoy me duele la cabeza (sí, un día le dijo eso), es que hoy ponen tal o cual serie en la tele…” Hasta que Manuela Suspiros se hartó, le cogió el mando a distancia y le dijo: “Es que hoy se acaba el Mundo y a ti te va a coger echado en tu sofá, chico”. Cerró la puerta, nunca más supo de él y se llevó el mando a distancia con ella.

La marcaron con una cicatriz. Bueno, se topó con la piedra con la que le hicieron un boquete en la cabeza. Fue con su primer novio, ella tendría unos cuatro o cinco años (es que fue muy precoz). Apareció en casa con la frente cubierta de sangre y al regresar de urgencias con un par de puntos, su novio de la infancia va y le dice: “Ves, por no hacerme caso te he dado”. Desde muy pequeñita a nuestra amiga no le ha gustado recibir órdenes, y menos de un principito de medio pelo. Esperemos que no se haya convertido en un maltratador de esos que hay por ahí.
En fin, esas cicatrices que nos dejan los amores que pasan por nuestras vidas, unas son más profundas y tardan más en curar y otras menos, pera ahí están, viendo pasar el tiempo, sirviéndonos de aviso para no volver a caer en los mismos errores, o quizás sí.

Una pluma roja estaba en el fondo de la caja. Fue una loca noche de carnaval en la que los astros casi se alinean para que Manuela Suspiros conociese a un auténtico caballero de los que a ella tanto le gustan. Él iba vestido de Superman, no, creo que era de Torero Rosa, ¿o era de Hawaiano? Los años están mermando su capacidad memorística. De lo que no se olvida es que a la mañana siguiente su salón estaba lleno de plumas rojas. Su disfraz de Cabaret fue un exitazo y la noche increíble e inesperada, pero esa será otra historia…

Sí, estaréis pensando que La Suspi ha tenido muy mala suerte con algunos de sus chicos, pero oye, de todos es sabido que para encontrar un Príncipe Azul, hay que besar muchos sapos… y con alguno que otro se ha topado, sí. No obstante, guarda a todos con cariño (bueno, alguno no tanto) en su corazoncito. Hay que ir probando, no vaya a ser que alguno de esos sapos se convierta en algo tan bueno que lo deje escapar sin haberlo besado antes. Lo importante es que no sufran ninguna clase de metamorfosis y se conviertan en moscas o en garrapatas peludas.

Y es que Manuela Suspiros ha tenido muchas historias que algún día serán contadas (o no) y este verano quemará en la purificadora noche de San Juan todo su contenido: una Torre Eiffel, una servilleta con un móvil desconocido, un ticket del metro de Madrid, una ficha de parchís, un nombre árabe en un post it amarillo, una vela de cumpleaños, una medalla de fútbol, una peseta, una tiza blanca, una canica de colores, un posavasos con una fecha, un lazo rojo, una servilleta con una despedida, la entrada a un concierto de Mecano, una concha de mar, una calabaza de Halloween, un cromo de la Abeja Maya…

¡Ay, qué recuerdos, que alegrías, qué miradas, que besos…!

A Manuela Suspiros le faltan sus suspiros…

28 de enero de 2011

MANUELA SUSPIROS Y LOS PIROPOS

A Manuela Suspiros le falta el aire cuando recuerda el último piropo que le dijeron por la calle.

Manuela Suspiros iba por su barrio tan alegremente con su hermana Maquiavela, cuando se les acercó un mendigo de la zona. Ella pensó que les iba a pedir limosna (no es la primera vez que le daba algo al pobre señor), y va el tipo con sus mugrientos harapos y su acento argentino y les dice: “Una rubia y una morena, mumm (este sonido es algo irreproducible), justo lo que me ha recetado el médico”. Ella le correspondió con una sonrisita y “el mendiguín” en cuestión (nuevo término acuñado en el diccionario del Universo Suspiros), les regaló un momento de diversión. Es muy difícil resistirse y no sonreír ante el seductor acento argentino. ¿No creéis?

¿Os acordáis de cuál fue el último piropo que os echaron? Difícil respuesta, ¿eh? Y no me refiero a la frasecilla basta del típico grosero que está colgado de un andamio (con todos mis respectos hacia el mundo obrero), de esos que te sueltan algo como: “¡Guapa! ¡Ya quisiera coger yo una indigestión, por haberte comido entera!"

Me refiero a los bonitos, a los que gustan, a los que te sacan una sonrisa y parece que te elevas del suelo (te suben a una de mis nubes). Esos que después de una loca mañana de trabajo hacen que el gris asfalto se convierta en verde sendero de flores (o de baldosas amarillas). Esos del estilo de: “quisiera ser Sol para alumbrar tu día, y Luna para velar tus sueños”. ¿A qué no sería desagradable escuchar algo así de vez en cuando? Todos los días sería una insufrible rutina.

En otra ocasión, La Suspi iba de regreso a su Castillo después de un diligente día de trabajo, y tras dar un millón de vueltas por el barrio, consiguió aparcar su calesa de color azul. Al lado había un matadillo de la zona, arreglando su destartalada y oxidada moto, más escuálido y escuchimizado que nuestro famoso flaco escudero Don Quijote de La Mancha (no es mentira si les digo que Manuela Suspiros creyó ver molinos de viento detrás de él). Al segundo, escuchó unas palabras ininteligibles, se da la vuelta y le mira: “¿Me decías algo?”
En ese momento el muchacho en su papel de príncipe encantador (o de ingenioso Hidalgo de Castilla) se agacha, y le contesta: “Sí… Se te ha caído este papel.”

Ella crédula y extrañada le contesta: “¿papel? ¿Qué papel? ¿De qué hablas? Debes de estar equivocado, yo no llevo nada, solo las llaves.”

El personajillo, le sonríe a falta de dos o tres dientes (sabe Dios en qué lugar y situación los perdió) y le contesta caballerescamente: “sí, el papel que envuelve ese bombón.”

La Suspiros no se esperaba semejante respuesta, y notó como empezaba a ponerse colorada, tan roja como la camisa que llevaba puesta. Le sonrió (ella con todos sus dientes) y se proponía dar la vuelta, pero ante su escepticismo, y sin perder su valioso tiempo, el galán del barrio la invitó a dar un paseo en su moto por los alrededores. Por supuesto, rechazó con cortesía tan atrevida sugerencia sin dejar de sonreír (otra vez), y con el cuerpo lleno de hormiguitas.

Le alegró el día, y con el paso de los años guarda este episodio de su vida con cierta nostalgia de los buenos piropos. ¿Qué pasaría si nos dijéramos más cosas lindas? Algunos dirán que están pasados de moda, otros que son una horterada y para algunos sería una diversión continua. Y no me refiero solo a los que dicen algunos hombres a bellas damiselas para conquistarlas, sino también al revés. ¿Os imagináis poder decirle algo al “buenorro” de tu vecino sin consecuencias? Uyy, la que se podría liar (he dicho sin consecuencias…).

Hoy mismo Manuela Suspiros vio a un garboso morenazo que le hizo volverse dos veces para contemplar semejante perfección. Tendría que haberle dicho algo como: “¡Qué problemas tendrán en Cielo que hasta los ángeles están bajando!” ¿Creéis que se hubiese enfadado? Puede que sí, o puede que hubiese sido el comienzo de una bonita amistad, o naturalmente le hubiese podido sacar una ligera sonrisa (con lo que cuesta hoy en día sonreír al prójimo).

Otro pintoresco ejemplo para el anecdotario tuvo lugar un día en que estaban la Suspi y Maquievela esperando a su amiga La Glamour, y como esta tardaba, se apoyó en una pared viendo pasar a los hastiados viandantes. Caminando con mucha calma, como si la vida no se le fuera escapar en un soplo de aire libertino del Sur, se les acercó un “abuelete” de unos ochenta años (o más), con el pelo blanquecino de los años, todos los dientes en su sitio y un puro. Ya sabéis lo poco que le gusta a La Suspi el humo de los puros, y de pronto el afable señor sin previo aviso, se para delante de ellas, les echa el humo en la cara y les dice: “¿Por un casual no me estarás esperando a mí?” Manuela Suspiros le contesta negativamente ladeando su cabeza de izquierda a derecha, entre tos y tos intentado despejar su cara ahumada y procurando que no se le escapara una carcajada.

A lo que el gentilhombre responde: “qué pena, para una cosa buena que encuentro y no es para mí”. (Creo que lo de “cosa” no le gustó mucho a nuestra querida amiga).

¿Es o no digno este galanteador de recibir un premio? Aunque sea una farsa, anima el corazón y endulza el alma escuchar cosas así.

En fin, desde estas líneas les animo a dulcificar nuestro gran vocabulario con hermosas palabras, y que nuestros mensajes siempre sean recibidos con una cálida sonrisa y devueltos con un guiño de complicidad ajena.

Bienaventurados los borrachos, porque ellos te verán dos veces…”

“Dime cómo te llamas y te pido a los Reyes”

“¡Oye, nena! ¿Crees en el amor a primera vista, o voy a tener que pasar dos veces?”

“Si las mujeres son como las estrellas, tú eres la Estrella Polar porque eres la más bella…”

“Si mi alma fuera pluma y mi corazón tintero, con la sangre de mis venas escribiría Te Quiero… “

“Si yo fuera aire, me convertiría en nube, para cada noche poder atrapar un suspirito tuyo...mi querida Manuelita…

Ayyy, que a Manuela Suspiros le falta el aire…

27 de noviembre de 2010

MANUELA SUSPIROS Y LA HORA MALDITA

A Manuela Suspiros le falta el aire cuando se acuerda de la última boda en la que ha estado.

Se casaba una de sus grandes amigas de toda la vida y tras un largo noviazgo, deciden que ya es hora de dar el “sí, quiero “ al compromiso, a la fidelidad y a un amor eterno delante de los suyos, haciendo más público aún un sentimiento que venía fortaleciéndose año tras año (eso sí, por favor, cuando tengan algún conflicto no fotocopien parte de La Biblia como les recomendó el cura y la pongan en la cabecera de la cama) simplemente: besaros, amaros y puntos suspensivos que hay menores delante.

La novia iba muy guapa (y el novio también, que se me pone celosillo), blanca y radiante, y con mucha luz. Tras los anillos, el beso y los votos (¿van en ese orden?), se convirtieron en algo que ya llevaban siendo hace mucho tiempo: dos corazones en uno, ante la atenta mirada de algunos familiares que no pudieron reprimir las lágrimas de emoción contenida. Alguna vez me tendrá que explicar alguien por qué se llora en las bodas: ¿Quizás porque de verdad se emocionan? ¿Tal vez porque no son ellos los que se casan? ¿O porque no saben la que les espera a los nuevos esposos?

A la salida de la Iglesia los pétalos de rosa se mezclaron con el arroz, las risas, el “vivan los novios” y “el que se besen”, y con el himno del equipo de fútbol de la ciudad (compuesto por el ya marido), se fundieron en un batiburrillo de color y alegría.

Después de una larga sesión de fotos, se procedió al cóctel de bienvenida, y alguna que otra sorpresilla enternecedora se hizo la protagonista del evento: el novio le regaló una canción a su amada, una preciosa melodía difícil de olvidar, unas “rutinas sanas” para empezar a compartir un mundo de dos.

Primer plato: vino; segundo plato: vino; postre: más vino y algo de cava. Los novios (ya esposos) deleitan a los invitados con otra romántica canción al piano y más lagrimeo por la sala. A Manuela Suspiros se les pusieron los pelos de punta al escucharlos, y se llenó de sentimentalismo.

Tampoco faltó el ramo de la novia en un conmovedor abrazo con su mejor amiga: esa rubia de gran corazón que siempre ha estado a su lado. Y como no, la boda se convirtió en el musical de Cabaret con plumas de colores y trajes de charlestón para ellas, y sombreros plateados y bastones para ellos. Manuela Suspiros todavía intenta descubrir cómo llegaron a su casa parte de las plumas amarillas de uno de los marabús, aunque no sería la primera vez que llena un salón de plumas rojas (pero esa es otra historia).

Hasta aquí todo bien. La verdad es que sigo sin entender porqué las bodas que empiezan siendo tan modositas, familiares y sosegadas, acaban en un desfase total. La respuesta la encontraremos al final, unas cuantas horas después de que los recién casados abrieran el baile con un precioso toque irlandés.

La mesa de Manuela Suspiros estaba muy animada, y para empezar la invitaron a un Gin Tonic. Los mayores de la fiesta fueron abandonando poco a poco y quedó “la juventud” (por decirlo de alguna manera, ya que le edad media ya ronda los cuarenta, sí, he dicho la media). De repente La Suspiros se queda sola en la mesa mientras otros ya están en la pista de baile como locos bailando “ese toro enamorado de la luna”. Ella piensa: bueno, yo me quedo aquí, me tomo mi copita, hablo un poco y a ver cómo se desarrolla el bodorrio. En cuestión de segundos, su mesa se llenó de chicos (primos, solteros, hermanos, maridos e incluso el novio), alguno ya había perdido la corbata y otros que ya veían doble (o iban ciegos), se pusieron a fumar puros. Hay que decir que Manuela Suspiros es de la Ley Antitabaco, y no entendía qué gracia le veían todos a fumarse un puro (¡Qué asco!). Mientras que su mesa parecía una caseta de los indios americanos fumando la pipa de la paz, todos los allí presentes le decían: “Oye, Suspiros, es que una boda sin un puro no es boda. Ni siquiera nos tragamos el humo, simplemente lo encendemos, y lo volvemos a echar fuera”. Ella les intentaba convencer de lo contrario, pero no hubo manera (la humareda les cegaba el entendimiento).

Al rato de estar allí, la mesa se fue transformando, llegaban unos, se iban otros: no había tiempo para el aburrimiento. Y Manuela Suspiros seguía tan a gusto mientras le traían alguna que otra copita que no se llegó a beber, y ya empezaba a notar que tenía ganas de mover el esqueleto. Minutos antes de eso, un amigo del novio les trajo un mantel para que le escribieran una dedicatoria. Uy, pensó La Suspiros, qué hora será que aquí la gente ya está desvariando y haciendo cosas raras. Pero por supuesto, escribió su dedicatoria (que espera hayan leído), y ojeó alguna sobre la “felicidad” y “estar vivo”.

Pero la clave de la locura fue la siguiente: se acerca el novio con cara de estresado y les dice a los de la mesa: “¡chicos, que la barra se acaba a las nueve y media!”. Fue como un detonador. Todo el mundo salió en estampida hacia la barra pidiendo copas como lunáticos (había Luna Llena, ¿tendría algo que ver?). Manuela Suspiros recuerda vagamente (sí, tiene alguna que otra laguna sobre lo que ocurrió aquella noche) estar en la mini barra y la gente pidiendo de cuatro en cuatro, y colocar las copas en la ventana para seguir bebiendo. Y tiene una imagen difuminada de uno de los amigos del novio con un cubata a cada mano para que no se muriese de sed, la corbata atada en la cabeza y un montón de buenas intenciones para seguir bailando sin perder el equilibrio. Lo que sobrevino a partir de esa hora, es digno de inmortalizar (habrá que sacar del archivo las fotos de esos últimos sesenta minutos), aunque supongo que no será la primera ni la última boda en la que “La Hora Maldita” hizo su aparición estelar.

Manuela Suspiros salió a la pista, es posible que hasta bailara “la conga” y pasara por debajo de un palo siguiendo el ritmo de alguna música latina. De lo que sí se acuerda es de saltar mientras sonaba el “I gotta feeling”, una vez más, en un arranque de alegría colectiva. En esa última hora se vivieron momentos memorables para la historia de la familia y de los amigos. En mala hora La Suspi le dijo al primo de la novia que el vodka revitalizaba las células del organismo (la mitad de los que sobrevivieron tienen sus células multiplicadas por diez durante un año como mínimo). Recomendación: aunque la ginebra y el vodka sean del mismo color, y produzcan un mismo efecto, no mezclarlos, no son compatibles, y las consecuencias pueden ser irreversibles (y no solo para el cerebro).

Se vivieron momentos de “exaltación de la amistad” bastante elevados, amigos de toda la vida que se abrazaban (y hasta aquí puedo escribir). Los tacones provocaron alguna que otra caída libre, bueno, los tacones unido al puntillo feliz. Y menos mal que la piscina del hotel estaba cerrada, ya que alguno se quiso tirar para darse un baño nocturno.

Las únicas que mantenían el tipo fueron la novia y su hermana, y el dantesco espectáculo que tuvieron que ver para que la hermana de la novia dijera: “que se nos escapa de las manos, que se nos escapa”: Mayday, mayday, mayday…”

Manuela Suspiros se hundió en el océano de unos ojos azules que la miraban sin parpadear, entretanto la sala de baile se quedaba vacía y los restos del naufragio eran los únicos testigos de la batalla de abrazos, besos de viejos y nuevos amigos, palabras bonitas y buenos sentimientos de los piratas sin parche que asistieron a la boda.

Según cuenta la leyenda, el novio casi no encuentra la puerta de salida, los músicos abandonaron a escondidas el lugar temiendo que algún rezagado le volviera a pedir otra canción, y varios invitados acabaron la noche en la Suite Nupcial con los desposados, al tiempo que a La Suspi le robaron algún que otro beso.

Dicen que alguien llegó a casa a las diez de la mañana del día siguiente, otros (como La Suspi) a las doce de la noche emulando a Cenicienta, eso sí, no le faltaba ningún zapato, la calabaza se había transformado en un taxi y el príncipe encantado (o encantador) se había esfumado a su castillo. Y tras un recorrido por la ciudad de los sueños por cumplir, consiguió llegar a su casa gracias a que se tropezó con un hada buena que le indicó el camino de cómo llegar (y sin GPS).

Por culpa de la hora maldita, Manuela Suspiros no pudo despedirse como se merece de los novios. Por eso, desde estas líneas, les envía un fuerte abrazo a los dos, allí donde estén, celebrando su dulce Luna de Miel, que espera sea muy empalagosa el resto de su vida en común, y que todos los besos que se regalen mutuamente sepan a almíbar.

Y no se olviden que en todas las bodas planea la sombra de la hora maldita, esa última hora en la que pueden sonar campanas de amor, beberse ríos de pasión y contemplar la luz de luna bajo el manto de un cielo estrellado…

Esa hora en la que todo es posible, y el más increíble de los sueños se puede hacer realidad…